El Bosque del Hada MingShu
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Autor Tema: Los sueños de un árbol  (Leído 248 veces)
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Ayla
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Comenzar una nueva vida..


« : 11 de Febrero de 2011, 03:35:28 »

Este es un relato que escribí para un concuerso de mi instituto. Para mí tiene mucho valor sentimental ya que trata un tema que me conmueve profundamente.
Disfrutar! Cheesy
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Ayla
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Comenzar una nueva vida..


« Respuesta #1 : 11 de Febrero de 2011, 03:45:06 »

Tardé meses en poder ver la luz, desde que tuve consciencia de que estaba vivo; sabía que la vería porque los gusanos que iban por debajo de la tierra, en pos de alimento, me veían y se decían con miradas de complicidad: "Vaya, a este le falta poco". Yo les pedía que me contaran más y ellos me decían que más arriba había más criaturas y que todo estaba bañado por una bonita luz; pero también me decía que no me hiciera ilusiones, que abajo se estaba mucho más seguro.

No tenía nombre, ni nada que se le pareciera. La verdad, creía que ninguna criatura del entorno donde vivía lo tenía. Ni lo necesitaba.

 
Cuando salí a la superficie no era más que un diminuto brote; tardé cinco meses en tener hojas. Lo sé porque he contado cada uno de los días que pasaron. Veía muchas cosas: A mis hermanos mayores, grandes gigantes vegetales que se elevaban hasta más de donde alcanzaba la vista, pero también veía todo tipo de animales. Aunque al estar más cerca del suelo de lo que más era consciente era de los insectos, sabía que había miles y miles de otras especies que no había visto en mi vida.

Un día vi a un pájaro, era de color negro, pero con el pico rojo y la cola azul. No era nada especial, había visto un montón de pájaros así en mi vida; incluso más bonitos. Había unos en particular que tenían las plumas de las alas una de cada color y la cabeza de un azul tan claro y brillante que hacía daño a la vista.

Este pájaro en particular, aunque no era nada especial, lo mencionaré porque siempre fue muy importante para mí en la vida.

 
Volaba de árbol en árbol, intentando hallar algún fruto de los árboles gigantes que me rodeaban. Lo contemplé mientras él desesperado, realizaba quiebros en el aire, posándose unos segundos en cada rama, para volver a arrancar el vuelo. Luego se acercó a mí e intentó picotearme las hojas.

-¡No hagas eso!- Le chillé.

-Lo siento pequeño, pero otro pájaros y otros animales se han acabado los frutos de las ramas bajas, las más fáciles de coger. Así que únicamente me queda comer hojas y créeme, cogería las de los otros árboles; pero son demasiado ásperas y duras. Las tuyas son mucho más tiernas.

-Pero no es justo. No sabes todo lo que me ha costado hacerlas. Tan firmes y bonitas.

-Está bien; en el fondo no importa, hay más sitios de donde coger alimento. Aunque es más difícil.- Dijo esto último en un susurro apenas audible, quizás esperando que yo no lo oyera.

Dicho esto se agachó y se puso a picotear el suelo como un loco, abriendo diminutos agujeros y cavando a veces con las patas.

Al ver esto no pude evitar echarme a reír; era cómico ver al pájaro así, aunque después me vi obligado a volver el tallo hacia atrás para no ver lo que el pájaro sujetaba en su pico: Un gusano, y no pude evitar tampoco recordar a las primeras criaturas que había visto en mi vida.

 Por fin el pájaro finalizó su almuerzo- Ya está pequeño, he de irme lo siento.

-Por favor, luego vuelve, es difícil mantener una conversación decente con lo que tengo alrededor.

El pájaro soltó una breve carcajada, que sonó como un gorjeo, asintió y elevó el vuelo desapareciendo entre los enormes árboles.

Un poco más tarde llegó el pájaro y a partir de ese día vino todos los siguientes. Me contó muchas cosas. Me dijo que las flores eran así  porque se creían las más bellas.

-Mira- Me dijo- Yo he viajado por todo el mundo. Todos los inviernos mi familia y yo nos vamos a ver mundo, otros países y allí he visto las flores más bonitas, raras y exóticas que te puedas imaginar, las de aquí palidecerían de envidia, te lo garantizo.

Las flores, que lo escucharon alzaron la cabeza indignadas y en algunas se podía oír rechinar a sus espinas.

 Me contó que lo que allí tenía no era nada, a la luz me refiero. Me contó lo que era el sol, el de verdad. Y que más arriba, más allá de las copas de mis hermanos mayores había una luz blanca, pura y de verdad. Me dijo que allá arriba, sopla una fresca brisa que nunca cesa y que no está recalentada como aquí abajo. Me describió lo que era sentir la lluvia en las plumas, u hojas, directamente; sin la suciedad arrastrada de los otros árboles, ni los excrementos de otros pájaros, ni el sabor agrio que adquiere el agua cuando toca la fruta.

Desde que me contó aquello soñé con crecer y crecer y pasar a los otros árboles, soñé con ser más alto que todos ellos y sentir los rayos del sol en mis hojas, la brisa meciendo mis ramas y la lluvia corriendo por mi tallo. Viví y crecí por y para aquella ilusión y destiné cada gota de energía a desarrollarme, con el fin de cumplirla.

El siempre solía repetir:


             

"Vive, ríe y canta,

vive, come y bebe.

Vive y no te preocupes de la muerte;

no malgastes tu tiempo en afligirte."


Nunca acabé de entender del todo aquellas palabras, pero poco me importó.

Muchos años más tarde, tal vez cinco, o tal vez diez; me desperté y miré abajo como cada mañana y enorme fue mi sorpresa al ver que en una de mis ramas, comenzaba a crecer una linda flor, que más adelante sería una deliciosa fruta. Llevaba mucho tiempo esperando aquello. Yo había crecido mucho también y ya comenzaba a rozar las ramas bajas de los árboles que antes eran gigantes para mí. Comenzaba a ver una débil luz, más arriba que suponía que sería el sol y eso me llenaba de entusiasmo.

Pronto ya estaría arriba del todo y daría hermosos y grandes frutos con los que alimentaría al pájaro que tan bellas historias me contó cuando no era más que un brote.

 

Esa mañana en concreto se retrasaba mucho y entonces recordé que hacía apenas dos días que había vuelto de su migración y que se sentía débil; por lo que pacientemente, esperé.

Llegó casi al anochecer en un vuelo torpe y un accidentado aterrizaje en una mis ramas. Me dispuse a contarle la feliz noticia, pero me detuve al ver en que estado se encontraba. La edad le había afectado muchísimo: Había perdido casi completamente el brillo de sus plumas y sus ojos se veían apagados y tristes. Me temí lo peor y supliqué.

-No por favor, ahora no. Me falta muy poco, no me dejes ahora, quiero que me veas desde el aire, que me puedas distinguir. No me dejes, amigo.

-Pequeño…- Su voz era un triste gorjeo, nada comparado con lo que había sido antes. En la última sílaba de su última palabra, su voz se apagó, al igual que sus ojos… y su vida.

En mi interior estaba destrozado, pero no lloré ni me lamenté; porque sabía que no lo hubiera querido. El viento se hizo cargo de su cuerpo.
A pesar de que ahora me sentía muy solo; continué la labor que había comenzado tanto tiempo atrás y que no pensaba dejar en ese momento. Lo hice por mi pájaro, por el que había sido mi amigo, el mismo que había tratado de comerme en mi primer año de vida.

 

 

Cuatro años más tarde estaba a punto de lograr mi objetivo y solo me faltaban unos dos metros para conseguirlo. Pero es curioso como la realidad nos gasta pesadas bromas y el esfuerzo de toda una vida puede borrarse en quince escasos minutos.

Me desperté una cálida noche en pleno otoño a causa de un ruido ensordecedor y unas voces que me eran imposibles de comprender.

De repente sentí un gran dolor; un dolor lacerante que me cortaba la respiración y me impedía pensar con claridad.

Miré abajo y vi horrorizado que unos seres de dos patas y espantosamente feos introducían una fría hoja de metal que se movían en mi bonito tallo. Intenté gritarles que pararan, que me hacían daño, pero el pájaro ya me había dicho que esos seres siempre están sordos a las voces del bosque.

Muerto de miedo descubrí que comenzaba a tambalearme y supe lo que iba a pasar. Miré hacia arriba y pensé que ya nunca sentiría el sol sobre mis hojas, que ahora eran ásperas y duras, ni me mecería la fresca brisa, ni correría la lluvia por mi tallo. "Todo para nada."- Pensé. Entonces recordé las palabras que hace tiempo me mencionó un viejo amigo:


 
"Vive, ríe y canta,

vive, come y bebe.

Vive y no te preocupes de la muerte;

no malgastes tu tiempo en afligirte."

A pesar de esas palabras no pude evitar derramar amargas lágrimas; lágrimas de savia teñidas con un profundo dolor. Lloraba sobre todo ante la idea de que de mí solo quedara luego un frío y muerto tocón de madera de no más de cincuenta centímetros de alto.

 Finalmente la hoja de metal finalizó su trabajo y todo se volvió negro para mí mientras caía, como al principio.

 


 
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